Siempre es complicado juzgar imparcialmente y sin prejuicios una película basada en un libro que se ha leído y disfrutado con anterioridad. Efectivamente, El perfume es uno de esos raros casos de best-sellers que aúnan calidad y éxito masivo.
Lo recuerdo como una lectura que logra transportar al lector a los paisajes y ambientes que se describen: realmente se puede llegar a oler (o simular cerebralmente la sensación olfativa equivalente) las calles nauseabundas de París, húmedas y repletas de restos de pescado. Realmente es difícil que un libro consiga tal poder de sugestión.
El cine es otra cosa; las primeras secuencias de la película en las calles de París intentan suscitar las sensaciones que Süskind evocaba únicamente con la palabra echando mano de primerísimos planos y una fotografía hiperrealista (colores fríos, tonalidades grises, aspecto húmedo y gélido, etc.). Realmente en la primera parte del film encontramos algunas de las escenas más escatológicas que recuerdo del cine actual (fuera de los circuitos del gore o terror-serie B). No obstante, el uso (y abuso) de los primeros planos es un demérito para una producción (verdadera superproducción) que ha recreado estupendamente los ambientes de la época (siglo XVIII). Obsérvese que no es una crítica a la ambientación, sino todo lo contrario: precisamente por haberse recreado tan bien los ambientes sórdidos de París y otras ciudades, centrando la acción en la intra-historia de la época (se pretende reflejar la vida cotidiana y no los grandes acontecimientos históricos), es una pena que los espectadores no gocemos más con la contemplación de algunos escenarios en planos generales o de conjunto (e incluso medios). Además, como es sabido, la película se ha rodado en España (son reconocibles algunas sinuosas calles del casco histórico medieval de Girona).
Está claro que el rodaje de una película que no muestra directamente (con planos generales) los decorados consigue una verosimilitud mayor, ya que el espectador debe reconstruir el fondo (macroespacio) a partir de los sucesivos planos o secuencias centrados en fragmentos (microespacios). Por otra parte, es estimable que Tykwer consiga una sensación claustrofóbica y tétrica, como de novela gótica, precisamente con la fotografía tenebrista y los primeros planos. Las secuencias en las que apenas unos atisbos de luz iluminan las felinas pupilas y delimitan la sombra fantasmagórica de Jean Baptiste acechando tras una puerta para asaltar a sus víctimas, constituyen ejemplos paradigmáticos de cine de suspense o terror sin necesidad de recurrir a los montajes videocliperos, repletos de gritos y músicas que asustan infantilmente al espectador.

Respecto a la fidelidad a la novela cabe decir que el director alemán ha logrado plasmar la vida de este asesino “genial” sin traicionar el espíritu de la novela. Creo que es verdaderamente difícil narrar la vida de un asesino en serie sin conseguir un rechazo evidente del espectador. Pienso que Tykwer ha salido bien parado de este reto. La cavernosa voz en off (en el original pertenece a John Hurt,) ayuda a distanciar el punto de vista pero también a guiar la narración hacia los fines del protagonista, no carentes de una lógica, aunque sea macabra y egoísta. Quizá no se ha incidido lo suficiente en el film sobre las carencias existenciales de Jean Baptiste: un hombre sin olor que busca ser aceptado y amado. La secuencia de la caverna en la que toma consciencia de sí mismo está narrada correctamente, pero sin otorgarle la preponderancia suficiente en la continuidad narrativa. Además, el libro se detiene en los experimentos de Grenouille para conseguir determinados perfumes que mejoren su adaptación en la sociedad (pasar desapercibido, ser respetado, amado, etc). Únicamente se observa este afán en la película en la secuencia en la que el marido de la perfumista siente unos inexplicables deseos de tratar respetuosamente a Jean Baptiste, cuando sus propósitos iniciales eran bastante más hostiles; la explicación evidentemente está en la gota de perfume recién destilado que corre por la mano del protagonista.
A pesar de todo, el balance sobre la película es claramente satisfactorio. Tom Tykwer ha demostrado que se mueve con la misma soltura en filmes independientes y de culto, como la frenética Corre, Lola , corre, y en superproducciones de gran envergadura como el proyecto que nos ocupa. Menos mal que la adaptación la ha llevado a cabo un cineasta de estas características (además de ser alemán, como el autor de la novela). Me imagino los resultados si el director hubiera sido algún currante a las órdenes de algún megaestudio de Hollywood que traslada a la pantalla los ingredientes pactados de antemano con los productores para augurar a la obra un éxito seguro. Como se ha podido comprobar, he tenido que bucear mucho en los aspectos técnicos de la película para encontrar algunos defectillos, que no desmerecen para nada una (super) producción fantástica, por lo menos a la altura de lo que se merece una de las novelas más recordadas de finales del siglo XX